El hombre, la bioética y el transhumanismo

En los primeros años de vida del automóvil, la opinión pública vio en el nuevo invento una clara amenaza para los bienes y personas. Por ello, se promulgó una ley en Inglaterra que obligaba a los coches que circularan a ser precedidos de un hombre agitando una bandera roja. Esta ley se derogó el 14 de noviembre de 1896. Al igual que entonces, los hombres de hoy tratan de protegerse contra los efectos indeseables de las nuevas tecnologías legislando normas limitadoras

En los últimos años hemos asistido a un desarrollo espectacular de las ciencias biomédicas. Este desarrollo ha generado nuevas técnicas en diversos campos: transplantes, reproducción asistida, genética, síntesis de nuevos medicamentos y vacunas etc. En general existe un consenso social en afirmar que hasta la fecha la investigación biomédica ha propiciado un mayor bienestar de las personas mejorando su salud y aumentando la calidad y esperanza de sus vidas. Pero en este panorama también existen sombras. El marcado mercantilismo de los lobbies industriales que propician la investigación teniendo como principal fin la obtención de beneficios económicos y los límites éticos de estas investigaciones han sido las principales preocupaciones para un sector de la población sensibilizado con estos temas.

Más recientemente, el campo de investigación abierto con la utilización de células madre adultas y células madre embrionarias ha llevado el debate al mismo lugar que el del aborto y la eutanasia, esto es, al respeto y defensa de la vida humana.

Por resumir, la investigación con células madre embrionarias precisa de embriones humanos. Estos embriones, en unas ocasiones proceden de restos desechados de la reproducción asistida, y en otras, incluyendo los embriones clonados, se crean exclusivamente para ser destruidos y utilizados como tejidos embrionarios en la investigación.

El problema ético que esto suscita esta representado en dos posiciones. Para unos, el embrión ya es “persona” desde el momento la unión entre óvulo y espermatozoide y para otros es un “ser vivo” pero no tiene todavía el carácter de persona, es un mero tejido animal que se puede cultivar. Entre dos posturas basadas en el dogma o la ideología no es posible demostrar mediante argumentos la verdad de los propios dogmas y la falsedad de los del otro. Argumentar presupone que existe una base de argumentación y la discusión planteada trata precisamente de esa base dogmática. Existe un antiguo axioma de la lógica, que aplicamos muy sensatamente en nuestros trabajos, según el cual no se puede discutir con quien pone en cuestión nuestros principios: “contra principia negantem non est disputandum”.

Existe un consenso casi generalizado sobre el respeto a la vida humana, pero este consenso se rompe a la hora de definirla. Para la gran mayoría de religiones, la existencia de un alma inmaterial insuflada por la divinidad a cada hombre desde la concepción es consustancial al ser humano. No obstante, en el cristianismo, las posturas sobre este tema han ido evolucionando. Durante mucho tiempo, la Iglesia sostuvo a partir de fuentes bíblicas que los animales poseían al igual que el hombre un “halito vital” o alma. Fueron San Agustín y Santo Tomás de Aquino los que modificaron la postura en este punto. Hay que mencionar que, durante el Sínodo de Macón en el año 585, la Iglesia llego a debatir si las mujeres tenían o no alma.

La Alquimia también quiso experimentar en los misterios de la reproducción humana. Paracelso en su “De natura rerum” describe la creación de un “homúnculo” en un alambique a partir de semen humano. Este tema de la fabricación del homúnculo también se atribuye a nuestro paisano Arnaldo de Villanueva «quien se vanagloriaba de haber creado un hombre por la química, y que cuando vio al embrión formándose en el alambique con todos sus miembros y órganos, no llevó adelante la experiencia “por temor a que Dios no fuera obligado a dar un alma racional a la criatura».

El mundo científico también se preocupa por el alma. Francis Crack, uno de los descubridores del ADN afirma haber localizado en el cerebro humano el lugar donde radica la consciencia. Según el investigador, la consciencia “es una banal fusión de neuronas” y las neurociencias explicarán en el futuro el alma o consciencia como fruto de reacciones bioquímicas del cerebro. Respecto a la protección de la vida humana desde la concepción, muchos científicos opinan que es una barbaridad reconocer derechos civiles a una mera acumulación de células indiferenciadas. En una hipotética clonación humana, las dudas de Arnaldo de Villanueva sobre si Dios esta obligado dar un alma racional al nuevo ser, estarían nuevamente de actualidad.

La divergencia que observamos entre las diferentes posturas tiene también su reflejo en la Bioética. Hoy existe una Bioética religiosa, fundamentalmente potenciada por la iglesia católica, con muchos años de experiencia en este campo y una Bioética laica, de creación más reciente. Incluso podríamos hablar de una Bioética del capital, que orienta los principios éticos a la defensa de sus intereses económicos. El problema que genera esta diversidad ante la opinión pública es que, al hablar de investigación biomédica, se apela constantemente a principios de la Bioética sin precisar de qué Bioética se está hablando.

La sociedad actual ha asumido el riesgo que supone el automóvil y considera que puede tolerarse la constante sangría de vidas humanas y pérdidas económicas derivadas de los accidentes a cambio de los beneficios que reporta a nuestra forma de vida. De la misma manera, nuestra sociedad acepta el desarrollo de la investigación científica y el desarrollo económico aún a sabiendas de que de ello pueden derivarse “efectos colaterales” dañinos. Minimizar esos efectos y colocarlos en un nivel tolerable, conduce a la creación de leyes que muchas veces lo único que consiguen es tranquilizar las conciencias.

Soy escéptico respecto a la utilidad de las leyes de regulación de la investigación biomédica inspiradas en los principios de la Bioética, pero he de reconocer que pueden evitar que se realicen malas prácticas de manera generalizada. Los límites reales los establecen en la práctica los propios investigadores. Lo que pueda desarrollarse en el campo de las ciencias biológicas, se hará con o sin leyes restrictivas y creo preferible dotar a la sociedad de un marco legal flexible a uno rígido. Este marco debería estar basado en los principios de una Bioética laica lo más consensuada posible.

En el pasado los anatomistas robaban cadáveres y estaba prohibida la disección y el estudio anatómico, hoy se salvan vidas mediante el trasplante de órganos. Con leyes o sin ellas, si existen beneficios económicos previsibles y mejora en la calidad de vida, las investigaciones se harán y si la presión de las leyes locales es un problema, se trabajará en la clandestinidad o se “deslocalizarán” empresas en países de legislación más permisiva. El futuro está lleno de incógnitas.

P.J.M.

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