CONSTRUCCIÓN PERSONAL Y COMPROMISO SOCIAL

La construcción personal y el compromiso social de la persona, es un tema que no es fácil de abordar desde una sola de sus vertientes o, dicho de otra forma, no es fácil defender una sola de las dos posturas en contraposición de la otra, porque entiendo que, en buena medida, ambas suelen ir unidas.

No obstante, y desde una primera y simplista aproximación, aunque sería posible una inclinación individual por la construcción personal exclusivamente, independiente por tanto del compromiso social, una postura que optase por el compromiso social implicaría siempre, y aun inconscientemente, también la primera.

De cualquier modo, deberíamos hacer una puntualización fundamental antes de adentrarnos en el tema, pues tendríamos que distinguir claramente, en lo que a compromiso social se refiere, terrenos tan diferentes como el de la ayuda a grupos de población o individuos con necesidades perentorias de subsistencia, y el de la lucha por la consecución de logros sociales desde una palestra política.

Si echamos un somero vistazo a la historia, nos daremos cuenta de que ambas posturas han estado siempre presentes en la sociedad. pero con los matices propios del contexto sociopolítico-religioso de cada momento y que, evidentemente no es posible soslayar.

Con el descubrimiento de nuevas tierras, muchas de las órdenes religiosas creadas a partir del siglo X, sienten la necesidad de enviar a parte de sus miembros con la misión de evangelizar a los pueblos descubiertos. Pero no se puede evangelizar sin un compromiso social que lleve a la promoción del ser humano y a la mejora de la sociedad. Para este último fin, se implantaron enseñanzas paralelas y loables como las referidas a la medicina o a la explotación de la agricultura y la ganadería, lo cual mejoró, sin duda, las condiciones de vida de aquellas gentes. Ya en el siglo XX. muchas de ellas modifican su tónica, limitándose a la ayuda social, obviando en algunos casos la catequización a ultranza.

No obstante, y desde mi punto de vista, una verdadera necesidad de compromiso por la sociedad, no se da hasta la segunda mitad del siglo XX, cuando se produce una explosión de organizaciones, nutridas por millones de voluntarios en todos los terrenos imaginables y en todos los rincones del mundo, destinadas  a actuar desinteresadamente en beneficio de la humanidad Pero el proceso ha sido lento, porque  ha hecho falta  una previa  sensibilización carente en  buena parte de la sociedad  todavía­ hacia las necesidades de los más débiles, aunque quizás debamos la primera chispa de esta sensibilización al joven suizo Henry Dunant, quien ante los 40.000 muertos y heridos de la batalla de Solferino, en Italia, entre  los ejércitos  del Imperio  Austro-Húngaro  y de la Alianza  Franco-Sarda, heridos a los que nadie atendía ni prestaba ayuda, decide fundar la Cruz Roja en 1859.

Cruz Roja internacional

En cuanto al compromiso sociopolítico, todos conocemos las implicaciones de algunos personajes de la historia en movimientos que hicieron posible, en su día, los grandes logros sociales, científicos, educativos, laborales o económicos, que mejoraron las condiciones de vida de millones de personas, y de los que luego fueron herederas las generaciones posteriores.

Pero, hecha esta somera introducción, habría que hacerse todo un rosario de preguntas que, seguramente, nos introducirían en la disquisición filosófica y, últimamente, también en el terreno científico. Una se me ocurre en primer lugar: ¿Qué mueve a un individuo a comprometer su vida, su familia, su trabajo, su dinero y hasta su futuro, en aras de los demás? Debo reconocer que no puedo responder a esta pregunta, y pienso que tampoco la persona comprometida puede hacerlo, pues lo único que le cabe es decir que siente una verdadera necesidad irracional de hacerlo. Unos tenderán a creer que han recibido una llamada divina. Otros, al margen de la religión o de Dios mismo, se sentirán impelidos por el solo hecho de la compasión, de la misericordia, o de la necesidad de igualdad en el mundo. Otros aún, decidirán poner todo su empeño y dedicarán el resto de sus vidas a resolver o paliar una injusticia que ellos mismos hayan sufrido.

Pero, como decía al principio, en esa necesidad subyace un intento, consciente o inconsciente, de crecimiento personal, de desarrollo moral del propio individuo que, sin saber muy bien cómo puede abordarlo por sí mismo, sin la influencia de causas exógenas, decide volcarse en los demás. En éste sentido, algunos sectores de la psiquiatría y la psicología apuntan la posibilidad de que se podría tratar de un proceso patológico, la mayoría de las veces leve, pero que en casos extremos daría lugar a personas para las que sería imposible la existencia sin la ayuda a los demás, pues se verían necesitados permanentemente de una retroalimentación de su ego, que les permitiese decirse a sí mismos: «Qué bueno soy».

También la neurofisiología tiene algo que decir a este respecto, pues las últimas investigaciones conducen a ciertas zonas del cerebro que, en función de su desarrollo, darían lugar a una mayor o menor tendencia o predisposición hacia terrenos como la religiosidad, el misticismo o, simplemente, la ayuda a los demás. Pero, en cualquier caso, tanto la psiquiatría como la neurología, son terrenos resbaladizos, pues casi nada sabemos del cerebro y sus funciones, aunque una persona racionalista como yo piense que todo en el hombre está regido por procesos físicos, cuyos mecanismos, tarde o temprano descubrirá la ciencia.

ONGs

En cualquier caso, parece que la condición gregaria y, por lo tanto, social del ser humano, unida a la actual sensibilización presente en las sociedades occidentales, propicia notablemente la formación de grupos, asociaciones y ONG’s, lo cual parece bueno ‘»a priori». Pero también sería importante analizar algunas circunstancias negativas que muchas veces, más de las que quisiéramos, se producen como consecuencia de la politización de las propias agrupaciones, la sensiblería de la sociedad, o el fraude y el robo descarado por parte de muchos gobiernos receptores de la ayuda en cuestión. Y en este sentido, nos deberíamos preguntar: ¿No habría que hacer algo respecto a todo ello, para solucionar en lo posible los problemas que acarrean, en lugar de seguir prestando una ayuda muchas veces estéril?

Por otra parte, y en la misma línea, siempre me he preguntado: ¿Hasta qué punto hay que ayudara quien no desea ser ayudado? ¿Hay que ayudar a toda costa a quien no ha pedido ayuda, o a quien no desea modificar sus parámetros sociales, religiosos, sanitarios, culturales…? Pero quizás estas preguntas se salgan del tema planteado.

Volvamos pues a la cuestión de la construcción o crecimiento personal, disociándolo del compromiso social. En mis años jóvenes, siempre pensé que era una estupidez y un acto supremo de egoísmo social, recluirse en un monasterio para llevar una vida puramente contemplativa. Hoy, mis parámetros vitales han cambiado y mis pensamientos viajan por otros derroteros, y entiendo que haya personas que se sientan desplazadas, perdidas. Otros, que estén hastiados, cansados de la estupidez humana. Sí tienen vocación religiosa, es posible que se recluyan voluntariamente en un monasterio para seguir así su propio camino de crecimiento al margen del mundo que les rodea, aunque aquí cabrían consideraciones como la cobardía o el pesimismo. Es su opción, por supuesto. Lo que ocurre es que dicha opción, en muchos casos, está ligada a la religión y, por consiguiente, condicionada por ella, lo que limita su libertad. Si no son religiosos, no hay opción drástica posible para renunciar a la sociedad, salvo la de convertirse en anacoreta, lo cual no parece muy recomendable en los tiempos que corren.

Anacoreta (María Fortuny)

Hay opciones intermedias, por supuesto, como  la Masonería, para encontrar nuestro camino personal de crecimiento, y hoy, como decía, considero que la opción exclusiva de la construcción personal, es tan válida  como la del compromiso social, siendo quizás  para muchos, como yo, desengañados, descontentos, aburridos y hastiados, la única válida en esta sociedad antropófaga en la que vivimos, y si pudiesen, después de pronunciar la frase de mayo del 68,«Que paren el mundo, que me bajo», lo harían gustosos, aunque  esto suene a pesimismo puro y duro.

No obstante, terminaré con una frase en la que creo profundamente: todos deberíamos comprometemos socialmente, en la medida en que nos sea posible, sin olvidarnos de nuestro propio crecimiento personal.

F. A.

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